
Al principio ella fue, un rostro que no fingía ni siquiera su belleza, unas manos que de a poco inventaban un lenguaje, una piel memorable y convicta, una mirada limpia, sin traiciones, una voz que caldeaba la risa, unos labios nupciales, un brindis... Es increíble pero a pesar de todo, él tuvo tiempo para decirse qué sencillo y también que no importa que el futuro sea una oscura maleza. La manera tan poco suntuaria que escogieron sus mutuas tentaciones, fue un estupor alegre, sin culpa ni disculpa. Él se sintió optimista, nutrido, renovado, tan lejos de la nostalgia, tan cómodo en su sangre y en la de ella, tan hallado en la espera, después del amor salió a la noche (sin luna, y no importaba, sin gente, y no importaba) a desmontar la anécdota, a componer la euforia. Más su mitad de amor se negó a ser mitad y de pronto él sintió que sin ella, sus brazos estaban tan vacíos, que sin ella... sus ojos no tenían qué mirar. Que sin ella, su cuerpo de ningún modo era la otra copa del brindis. Y de nuevo se dijo, qué sencillo, pero ahora lamentó que el futuro fuera oscura maleza. Sólo entonces pensó en ella, eligiéndola y sin dolor sin desesperaciones, sin angustia y sin miedo, dócilmente empezó como otras noches a necesitarla.



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